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Roel Guajardo Cantú / Epicentro Informativo

25, septiembre, 2023

En días pasados recibimos una invitación por parte del CBTI 258 que dirige la Mtra. Concepción Rodríguez Elizalde a fin de que presentemos una charla con los estudiantes del plantel que cumple sus primeros 30 años de existencia.

Hemos aceptado con gusto la invitación para aportar algunas experiencias que hemos obtenido a lo largo de nuestra carrera en el ámbito de la educación y que plasmamos en el libro titulado “Los jóvenes y el empleo. El futuro que les espera”, (Guajardo Cantú, Roel, Palacios Dávila, Juan, 2021).

Nos pusimos a reflexionar con respecto al tema que tratamos hace dos años en el libro mencionado: ¿cuál es el futuro que les espera a los jóvenes en la vida, fundamentalmente en el ámbito laboral y cuál es el papel que deben jugar las instituciones educativas tanto del nivel medio superior como superior?

En primer lugar, es necesario analizar el entorno en el cual nuestros jóvenes llegarán al mundo laboral, un mundo en el cual, a nivel mundial, la tecnología es fundamental para que las cosas funcionen, una tecnología que cada día es más compleja.

Estamos hablando principalmente del sector terciario de la economía, esto es, de aquél que tiene que ver con los servicios, de todo tipo, pero es también innegable que en los sectores primario, agroindustria, y secundario, industria, la tecnología también está cambiando las cosas, por poner solo un ejemplo, la forma en que hoy se ensamblan los autos poco o nada tiene que ver con la forma en que antes se realizaba ese proceso, tampoco la forma en que hoy se levanta una cosecha se parece en nada a como se realizaba esta actividad hace pocos años. Ello por no hablar del comercio electrónico, algo que no existía a finales del siglo XX.

En segundo lugar, en nuestro país gran parte de la economía es informal, lo cual significa que los salarios son más bajos, las prestaciones, como servicio médico, vacaciones, aguinaldos, reparto de utilidades, pensión por jubilación, entre otras, son inexistentes.

Esos son dos factores que los jóvenes, las nuevas generaciones, van a enfrentar en cuanto entren a formar parte de la población económicamente activa.

Pero si los salarios son bajos en la economía informal, en la economía formal no son mucho mejores, hoy la diferencia entre una persona con una carrera profesional no es sustancial con respecto a quien tiene una carrera técnica, al menos durante los primeros años de trabajo, lo cual ha hecho que algunos cuestionen la inversión que realizan tanto el Estado como los propios estudiantes.

Inclusive hay quienes, precisamente como lo hace Gabriel Zaid ayer en su artículo publicado por El Norte, señalan que algunas carreras técnicas, así como algunos oficios, aportan más que ciertas carreras universitarias, por lo que propone que se revalore académica y socialmente, los oficios, y quizá, no lo dice él sino nosotros, como consecuencia las carreras técnicas de formación para el trabajo.

Esto desde el punto de vista de la inserción laboral, pero quizá habría que cuestionar la parte académica de la educación con relación al avance que actualmente tiene la tecnología utilizada en el mundo laboral, productivo.

Hace años, como lo explicamos en el libro, para que una tecnología fuese puesta en práctica en el ámbito laboral pasaban años y luego transcurrían otros tantos años para que fuera posible aprovechar todo el potencial de la tecnología, como sucedió durante la primera revolución industrial cuando pasaron más de 50 años entre la introducción de la electricidad en las fábricas y su uso pleno en las maquinarias.

Hoy, cada avance tecnológico prácticamente es diseñado para que impacte al momento en la producción, lo que requiere que quienes la operen estén capacitándose constantemente, porque, esto hay que subrayarlo, cada tecnología que se implementa genera nuevos empleos, en los cuales generalmente se requiere de mayor capacitación que en los que había antes, pero por otra parte, elimina otros tantos empleos existentes, de ahí que quien desee mantenerse en el mismo nivel de satisfactores materiales y calidad de vida, debe de estarse actualizando de manera continua, reconvertirse una y otra vez como lo señala Yuval Noah Harari, “reinventarse a lo largo de la vida”.

Por otra parte, cuando alguno de nosotros estudia una carrera, ya sea técnica o universitaria, apuesta a que lo que ahí aprenda le servirá para trabajar en algún lugar, sin embargo, precisamente por la velocidad con la cual avanzan las tecnologías que son aplicadas en el mundo laboral, cuando se termina la carrera existe un desfase entre lo que se aprendió en las aulas y lo que realmente se requiere en el mundo laboral, porque como dice Peter Diamandis, “el futuro va más rápido de lo que crees”.

De ahí que hoy parte del dilema de las instituciones educativas consista en tomar decisiones acerca de qué es preferible enseñar y qué de lo que actualmente se enseña será obsoleto en uno o dos años, así como, qué significa ello para el quehacer educativo.

Por nuestra parte, desde hace un tiempo estamos proponiendo que las instituciones educativas sean más ágiles a la hora de incorporar nuevas carreras, modificar sus contenidos educativos, su currículo, pero que también las autoridades agilicen la certificación correspondiente.

Además de las certificaciones finales de impacto directo a la carrera, pugnamos porque las instituciones educativas permitan a sus alumnos que se certifiquen en algunos saberes específicos, por ejemplo en habilidades digitales, en el uso de un determinado software de diseño o en aquellas habilidades y competencias que le sean útiles al joven en el mundo laboral, consideramos necesario que las certificaciones en cuestión sean realizadas por organismos nacionales e internacionales con reconocimiento global, ya que ello le agrega valor a la formación de los jóvenes y los coloca en una posición de ventaja sobre quienes no cuentan con este tipo de certificaciones.

En síntesis, consideramos que el futuro que le espera a nuestros jóvenes estudiantes no será muy sencillo de transitar, tendrán mayores retos que las juventudes de otras épocas, deberán mantenerse constantemente actualizados y, por si ello fuera poco, tendrán que competir contra jóvenes de todo el mundo por puestos de trabajo cada vez más escasos y con mayores exigencias académicas, estarán en una situación como lo señala Andrés Oppenheimer, de “Sálvese quien pueda”.

En México a pesar de que la población joven representaba en el 2020, según el INEGI, más del 30% de los 126 millones de habitantes, ese importante segmento no cuenta con la seguridad de que podrá encontrar un empleo, mucho menos de que podrá contar con ese empleo durante su vida productiva, sino que es casi una certeza que habrá de transformarse una y otra vez, de reinventarse, solo para mantenerse vigente en el mundo del trabajo.

Consideramos que esto puede cambiar si desde hoy, los jóvenes comienzan a interesarse por participar en la construcción de su futuro. Son un grupo poblacional importante de personas que puede cambiar la historia en la medida en que se organicen, pero hoy, antes de que pasen a formar parte de, como lo afirma Yuval Noah Harari, “una clase irrelevante en la sociedad”, una clase sin poder, sin ingresos y sin futuro.

No es un futuro halagüeño el que vemos, pero consideramos que es mejor ser objetivos en nuestro análisis de la realidad, o al menos intentar serlo, ya que ello nos permitirá ofrecer mejores opciones a los estudiantes que ven en la educación, como lo hacen muchos padres de familia también, una oportunidad de mejorar su nivel y calidad de vida, quizá incluso, la única oportunidad posible para ellos.

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