Roel Guajardo Cantú
Epicentro Informativo / 17, abril, 2023
En México hoy vuelven a clases millones de niños y jóvenes al terminar el periodo vacacional de primavera, casi al mismo tiempo, los gobiernos de México y Estados Unidos acuerdan combatir el uso y tráfico de estupefacientes, principalmente el fentanilo debido a las mortales consecuencias del uso ilegal de esta droga.
Trabajar juntos es la mejor opción y “como parte de los acuerdos entre las autoridades de los dos países en materia de seguridad, se lanzará un plan de acción global contra el fentanilo que abarca a Europa y Centro América”, señaló el embajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar.
Es el momento, consideramos, de emprender la tarea que ha señalado a la Secretaría de Educación Pública el presidente Andrés Manuel López Obrador en el sentido de poner en práctica un programa de prevención de adicciones y fortalecer la campaña que en esta materia realiza la Secretaría de Gobernación.
Porque como dice la sabiduría popular es mejor prevenir que remediar, lo vemos en la terrible crisis de salud pública provocada por el consumo de fentanilo y otras drogas sintéticas por la que atraviesa EU, la cual le ha costado, en palabras de Anne Milligan, directora de la DEA, “cientos de miles de muertes”.
Aunque en nuestro país el consumo de este tipo de drogas es todavía incipiente, ya se considera un problema de salud pública y como lo señala el CONADIC: “Los estudios epidemiológicos más recientes apuntan principalmente a tres tendencias: la disminución en la edad de inicio, el incremento del consumo entre adolescentes, especialmente de las mujeres, y la cada vez más baja percepción de riesgo ante el consumo de cualquier sustancia”.
Gracias a los medios de comunicación actuales, podemos ser testigos de los graves perjuicios que trae consigo el consumo de drogas, perjuicios de índole personal, patrimonial y social, estos últimos se traducen en familias rotas, abandono escolar y de proyectos productivos, violencia, proliferación de conductas delictivas e inseguridad, entre otras.
Precisamente por ello es por lo que consideramos fundamental la prevención, por encima de cualquier programa de otro tipo, aunque, sin dejar de apuntar que es necesario atender a quienes ya cayeron en cualquier tipo de adicciones.
Autores como Adam Alter nos advierten acerca de la potencia que tienen las adicciones de cualquier tipo y nos señala como en experimentos con animales, estos prefieren recibir su dosis de la droga por encima de cualquier otro satisfactor como comida o agua, inclusive hasta llegar a morir por no dejar de recibir sus satisfactores.
Alter nos dice que “lo que hace que las drogas como la heroína y la cocaína sean más peligrosas a corto plazo es que estimulan el centro de recompensa (cerebral), con mucha más intensidad que los comportamientos (adictivos)”, como por ejemplo los juegos de azar u otro tipo de satisfactores con los cuales las personas intentan sustituir sus carencias afectivas.
Por su parte, las drogas sintéticas como el fentanilo, son mucho más potentes que la heroína o la cocaína, por lo cual su capacidad adictiva es mucho mayor.
De ahí que rehabilitar a un adicto es mucho más difícil y costoso que prevenir el consumo. En este sentido, la escuela tiene mucho que ofrecer y qué hacer.
Pero no mediante el trillado artilugio de querer ofrecer una clase de 50 minutos a la semana que lo más que puede aportar es información acerca de las adicciones, pero no la formación de los valores o los lazos sociales que permitan al joven resistir la tentación de asomarse al consumo de cualquier tipo de droga.
Porque precisamente lo que pudiéramos llamar “vacío existencial”, la carencia de apoyos familiares, de redes amistosas que permitan tener un refugio al niño o joven que está cambiando, que enfrenta periodos de incertidumbre, que busca un sentido para su vida o un sentido de pertenencia, es lo que lo hace vulnerable y puede llevarlo a experimentar con drogas de todo tipo.
El sentirse aceptado para formar parte de algo, de un grupo de amigos, de un grupo que tiene algún tipo de poder y lo ejerce en el entorno social, también puede impulsarlo hacia ese rumbo, por lo que la escuela debe generar una serie de apoyos sociales que sirvan de “red de protección” para nuestros niños y jóvenes. Apoyos que les permita la formación de una cultura de resiliencia.
Porque, como se descubrió en la década de los 60, el entorno forma parte de la adicción. No se trata de etiquetar como débiles a quienes son adictos o están por serlo, sino de entender que si bien hay componentes genéticos, biológicos, gran parte del problema es que se encuentran en un entorno que los lleva o por lo menos los invita al consumo.
Como lo hemos señalado en nuestros libros “El problema es de valores” y “Las drogas, un problema de todos”, el promover un estilo de vida en el cual los valores, la autoestima y las relaciones humanas se prioricen, debería ser fundamental en el trabajo de las instituciones educativas.
No se trata de ofrecer conocimientos a nuestros niños y jóvenes, sino de proveerlos de herramientas psicológicas y sociales suficientes como para tener una vida libre de adicciones.
También hemos señalado en nuestros libros, que no se trata de intentar volver a un tipo de vida que ya no existe, a recomponer un tejido social que era adecuado para otras circunstancias, sino de encontrar el que lo sea para nuestros tiempos, para promover los valores propios en una era como la actual, en la cual las comunidades parecen más virtuales que reales, en la que, también, en muchas ocasiones no se sabe quién es nuestro vecino, mucho menos se tiene algún tipo de relación con la comunidad.
Ahí, la escuela puede aportar y mucho para crear condiciones que permitan al niño o al joven crecer en un ambiente en el que se sienta parte de algo, de que sus crisis normales, provocadas por su proceso de crecimiento y desarrollo, no se transformen en riesgos y oportunidades para caer en las drogas. La escuela es el mejor espacio para formar a los niños y jóvenes en valores, desarrollar la autoestima, la resiliencia y la antifragilidad, para fortalecerse ante las crisis y los embates de la vida como lo afirma Nassim Nicholas Taleb.
Este tipo de programa debe involucrar a la comunidad con proyectos que tengan como finalidad establecer los lazos necesarios para que los niños y jóvenes se sientan parte de una comunidad en la cual son aceptados.
Una comunidad que comparte valores y en la cual el consumo de drogas no es parte de los rituales de iniciación.
Entendemos que no es una tarea fácil para las escuelas, pero es ahí, con el apoyo de los padres de familia y las autoridades de todos los niveles, donde se puede evitar la drogadicción. De otra forma, estaremos dejando a nuestros niños y jóvenes a merced de un mundo en el cual los valores y las relaciones sociales son sustituidos por la química que los lleva a la muerte.
